PORTAFOLIO
Música y composición: Álbumes como The Shepherd’s Groove muestran la capacidad para transformar textos sagrados, como los salmos, en paisajes sonoros modernos, fusionando ritmos ancestrales, percusiones orgánicas, drones y melodías modales con elementos electrónicos. Mi música busca crear espacios de guía, meditación y comunidad, más allá del mero entretenimiento.
Exploración espiritual y textual: Mi trabajo incorpora la Torá, la halajá y estudios de lenguas bíblicas, reinterpretando escrituras con sensibilidad estética y filosófica. Esto da lugar a proyectos donde la música y la palabra se entrelazan, ofreciendo nuevas formas de conexión con lo sagrado.
Arte visual y diseño: La identidad visual de los proyectos, incluidas portadas de álbumes y propuestas gráficas, combina símbolos ancestrales, patrones rituales y elementos de la naturaleza con una estética contemporánea. Colores, texturas y formas se utilizan para evocar espiritualidad, protección y movimiento.
Narrativa y literatura: A través del libro Tabernáculo Queer y otros escritos, exploro historias personales y colectivas, integrando tu activismo, tu espiritualidad y tu experiencia de vida. Mi portafolio demuestra una coherencia temática entre palabra, sonido y imagen, reflejando tu visión integral como artista.
Proyectos interdisciplinarios y performativos: Muchos de mis trabajos están pensados para instalaciones, performances o festivales, donde el público se convierte en participante activo, viviendo la música y el arte como experiencia compartida.


El título condensa el corazón del proyecto. El turquesa es un color liminal: no es del todo azul ni del todo verde. Habita el umbral entre el cielo y la tierra, entre lo espiritual y lo orgánico. En muchas culturas antiguas ha simbolizado protección, sanación y verdad interior. Es el color del agua clara donde se ve el fondo, pero también de las profundidades donde algo permanece oculto. Los secretos, en este contexto, no hablan de vergüenza ni de ocultamiento por miedo, sino de conocimiento sagrado. Aquello que no se expone porque requiere preparación, silencio y madurez para ser comprendido. El secreto es iniciático.
La canción toma como ejemplo vivo a los pueblos mayas: una civilización profundamente reprimida por la colonización, pero a la que nunca se le pudo negar la altura de su conocimiento, su virtud y su sabiduría. Sus secretos —astronómicos, espirituales, temporales— no fueron borrados; fueron custodiados. “Turquesa y secretos” honra esa lógica: hay verdades que sobreviven no porque se griten, sino porque se protegen.
Desde lo personal, la canción recorre un tránsito emocional marcado por la segregación social de ser un hombre gay en un mundo que muchas veces no ofrece refugio. La letra se mueve entre la contemplación reacia y la urgencia del tiempo. Hay una conciencia de finitud que no es trágica, sino existencial: sentir que la vida ocurre, pero que durante mucho tiempo no parecía pertenecerle. Tenerlo “todo” y aun así sentir que “no es mío”. Esa tensión dialoga con la memoria de la infancia: el niño que jugaba Super Mario Bros y al que se le acaban los hongos —las vidas— como metáfora del cansancio, del límite, de la repetición.
El lenguaje de la canción es deliberadamente híbrido. Está escrita desde la mente y el cuerpo de un hombre panameño. Aparece el habla coloquial de Panamá, incluso el insulto “cuequito”, una palabra que marcó la infancia del compositor, no para reproducir la violencia, sino para resignificarla. Ese mismo cuerpo es el que creció bañándose en las aguas turquesas del Caribe panameño. Por eso el ritmo elegido es el reguetón: no como fórmula comercial, sino como acto de origen. Panamá no solo es territorio, es génesis cultural.
Cuando la letra afirma que su idioma es la construcción de muchas lenguas juntas que no encuentran reivindicación, el compositor se posiciona como sujeto fronterizo: cultural, lingüística y simbólicamente mestizo. No habla desde una identidad pura, sino desde lo no homologado. Esa es también una experiencia queer profunda: existir sin una traducción cómoda para el sistema.
El eje ético de la canción es claro y firme. No hay victimismo. Hay límite. “Aquí paro firme con el corazón” es una declaración de dignidad: no tolerar la violencia, el abuso ni la burla, incluso cuando están normalizadas por el lenguaje o la costumbre. Es una postura incómoda, pero necesaria.
En contraste, la canción se abre a imágenes íntimas y casi sagradas: pies descalzos, la playa, el turquesa, los secretos mayas. Ahí aparece el refugio. Los secretos no son vergüenza; son herencia. No se exhiben, se cuidan. Es también una declaración de amor a Panamá, al Caribe, a haber nacido en un lugar bendito. Aunque exista la ausencia del territorio natal y aunque el compositor hoy viva en el llamado “primer mundo”, nada de ese pensamiento fabricado le pertenece. La raíz permanece.
La portada del single refuerza todo este tránsito. Una figura humana sumergida, con los brazos abiertos, sugiere entrega y vulnerabilidad, pero también un bautismo invertido: no hacia una norma externa, sino hacia una verdad interior. El rayo multicolor que atraviesa el cuerpo conecta directamente con un corazón expuesto, anatómico, sin idealización. La revelación no ocurre en el discurso ni en la mente, sino en el centro afectivo. La espiritualidad aquí es corporal, emocional y política al mismo tiempo.
En síntesis, TURQUESA Y SECRETOS no es una confesión para ser juzgada. Es un manifiesto íntimo. Habla del costo de vivir con honestidad, pero también de su belleza. Es la afirmación de un lugar propio, alcanzado después de la duda, defendiendo el corazón sin endurecerlo, y honrando una herencia que, como el turquesa y los secretos ancestrales, sigue viva porque nunca dejó de ser verdadera.


El libro parte de una premisa central: lo sagrado no pertenece a las instituciones, sino a la relación viva entre el ser humano y el Eterno. Desde ahí, Tabernáculo Queer reinterpreta los grandes símbolos bíblicos —el tabernáculo, el arca, el pacto, el desierto, la promesa— como estructuras espirituales móviles, no como espacios cerrados. El tabernáculo deja de ser un lugar exclusivo y se convierte en un cuerpo que camina, que siente, que duda y que ama.
La obra dialoga con la Torá, los profetas, la tradición judía, la exégesis bíblica y la mística, pero lo hace desde una voz encarnada. No habla “sobre” los cuerpos queer: habla desde un cuerpo que ha creído, ha sido herido, ha estudiado y ha permanecido. En ese sentido, el libro es tanto una obra de pensamiento como un testimonio espiritual responsable. No busca absolver sin conciencia ni condenar sin misericordia.
Tabernáculo Queer aborda la exclusión religiosa no como un accidente histórico, sino como una ruptura del pacto ético. Analiza cómo el poder, la rigidez institucional y el miedo distorsionaron el lenguaje sagrado, y propone una reparación basada en estudio, memoria y compasión. La fe no aparece como refugio emocional, sino como compromiso profundo con la verdad y con el otro.
El tono del libro es poético, simbólico y preciso. La escritura no es ornamental: cada imagen cumple una función teológica. El lenguaje actúa como arquitectura espiritual, levantando un espacio donde el lector no es adoctrinado, sino invitado a entrar, detenerse y asumir su propia responsabilidad interior.
Tabernáculo Queer no intenta “incluir” a nadie en sistemas existentes. Propone algo más radical: reconstruir el espacio. Crear un arca donde lo queer y lo sagrado no se toleran, sino que se reconocen como parte del mismo misterio. Un lugar donde la fe no exige negación del cuerpo, y donde la identidad no exige renuncia a Dios.


En su esencia, el groove es cíclico, no lineal. El tiempo se percibe como un caminar repetitivo, no como un destino, reflejando la tarea del pastor: avanzar, vigilar y volver. Los tempos suelen ser moderados (aproximadamente 80–110 BPM), transmitiendo un balance constante más que urgencia. La sensación rítmica recuerda pasos sobre terreno desigual.
Rítmicamente, predomina un equilibrio asimétrico. Se usan compases simples (4/4 o 6/8) con microdesplazamientos: contratiempos retrasados, acentos ligeramente desplazados o llamadas y respuestas entre percusiones graves y agudas. Esto crea un groove “respirante”: estable, pero vivo. Se manifiesta a través de:
Pulso constante (bombo, tambor, drone o stomp de pies)
Ritmo contestatario que complementa (shaker, tambor de mano, palmadas)
Silencios usados como estructura, no como ausencia
Melódicamente, se emplean modos. Escalas como dórico, frigio, eólico o pentatónicas son habituales. La melodía no busca resolución armónica al estilo occidental, sino que circula alrededor de un centro tonal, frecuentemente sostenido por un drone. Intervalos como cuarta justa, quinta justa y segunda menor evocan distancia, llamadas de alerta y nostalgia.
La textura es capas claras pero escasas, con roles definidos:
Uno sostiene la base (drone, bajo, pad sostenido)
Uno lidera (voz, flauta, instrumento de lengüeta o línea simple de sintetizador)
Uno marca el tiempo (percusión u ostinato repetido)
Cuando hay voz, el groove favorece un canto tipo mantra o llamado colectivo. Las frases son cortas, repetibles y comunitarias, funcionando más como guía que como espectáculo. La ornamentación es mínima pero expresiva (deslizamientos, microtonos, respiraciones).
Emocionalmente, transmite vigilancia y cuidado, no dominio. Genera sensación protectora, paciente y alerta, con una tensión contenida: hay conciencia de peligro, pero no de pánico. Es música para mantenerse despierto y sostener a otros juntos.
En contextos contemporáneos, este groove aparece en:
Blues del desierto y trance del Sahel
Motivos pastorales sefardíes y del Medio Oriente
Folk minimalista, ambient ritual y techno espiritual
House lento o downtempo basado en drones y swing humano
Funcionalmente, el Groove del Pastor organiza a las personas. Mantiene el espacio para caminar, vigilar, rezar, danzar lentamente o entrar en trance. Su fuerza radica no en la complejidad, sino en la constancia con variaciones humanas sutiles.


Percusión orgánica (bombo, tambores de mano, shakers) que marca el pulso constante y respirante del tiempo, simulando el caminar del pastor y la vigilancia del rebaño.
Drones y pads que sostienen un centro tonal, creando una sensación de espacio abierto y continuidad, permitiendo que la mente y el cuerpo entren en un estado de alerta tranquila.
Melodías modales (dórico, frigio, eólico, pentatónicas) interpretadas con flautas, voces humanas o sintetizadores suaves, evocan nostalgia, invocación y reflexión.
Texturas minimalistas, donde cada capa cumple un rol: base, guía y marcación del tiempo, manteniendo un equilibrio entre simplicidad y profundidad.
El ritmo y la progresión de la banda sonora están diseñados para acompañar la percepción del oyente, no imponerse sobre ella. Se juega con microdesplazamientos rítmicos, contratiempos y silencios estratégicos, generando un movimiento orgánico que refleja tanto lo terrestre como lo espiritual.
Cuando hay voces, se emplea un estilo mantra o de llamado colectivo: frases cortas, repetibles, con ornamentaciones mínimas pero expresivas (microtonos, deslizamientos, respiraciones), evocando la sensación de guía y comunidad.
.png)